Parece que fue ayer cuando una joven médica, recién hecho el examen MIR (Médico Interno Residente) y azotada por una pandemia que puso en jaque a medio mundo, se presentaba ante el Ministerio de Sanidad en Madrid.
Lo suyo costó llegar a ese instante. Encerrada en casa sin poder salir, sin saber cuál era mi nota de examen ni cuando me iba a incorporar a trabajar. Intenté olvidar por unas semanas el examen y me involucré en voluntariado buscando la forma de sentirme útil cuando más se necesitaba.
Pero llegó. Nadie te cuenta que vas a sentir en ese momento. Nadie te dice que vas a tomar una de las decisiones más importantes de tu vida. O sí te lo dicen, pero te olvidas. La montaña rusa de emociones que puedes llegar a sentir en el preciso instante en el que eliges tu destino y especialidad para los próximos cuatro años, es como poco, abrumadora.
Dra. Irantzu García Vez
Jefa de Unidad de Atención Primaria del Centro de Salud Rontegi
Y ahí estaba yo, que sabía lo que quería y donde lo quería pero que, aun así, conseguí llorar y reír al mismo tiempo si es que eso es posible. Porque ya estaba, porque con un simple click había decidido mi destino. Porque todo su sacrificio tiene su recompensa y yo ya estaba en la meta recogiendo lo sembrado ¿o no?
El primer día de la residencia lo empiezas con emoción, todo es nuevo y tú eres la médica que siempre has querido ser. O que crees que querías ser, mejor dicho. Me acuerdo de cada detalle y eso me hace ver lo importante que fue ese momento para mí.
Y en un abrir y cerrar de ojos, han pasado cuatro años de mi vida. Con un aprendizaje feroz, con muchas horas de guardia y sabiendo que probablemente haya pasado más tiempo en el hospital que en mi casa. Conociendo a mucha gente y a misma también. Ha habido momentos muy buenos y otros no tan memorables. También ha habido momentos de querer tirar la toalla. Por suerte, estos últimos, han sido muy poquitos.
Yo iba para “urgencióloga”, a quien quiero engañar. Esa adrenalina que se vive en las urgencias no se vive en ningún otro sitio. También hay momentos de des-adrenalina (permitidme que me invente el término); donde la monotonía se adueña de ti y no entiendes cuando ver cuarenta pacientes en una guardia por motivos de consulta banales se ha normalizado. Y es que las guardias de 24 horas son durísimas, hay que vivirlas para saberlo.
Y entonces, ¿qué hago yo, adjunta de primer año – o de primeros meses más bien- dirigiendo a todo un Equipo de Atención Primaria?
A veces ni yo misma se la respuesta, pero creo que hay algo de trasfondo en todo esto. Ha habido varios motivos que han materializado mi decisión; uno de ellos ha sido que se me ha presentado la oportunidad de mantener el cupo de pacientes que tenía cuando era residente. ¡Con lo que me ha costado que se aprendan mi nombre y que dejen de preguntar por mi tutora a todas horas! Esos pacientes a los que ves por la calle y te sabes hasta sus dos apellidos. De los que puedes dibujar su árbol genealógico porque atiendes al abuelo, a la tía y a los nietos. Ese paciente que vive en la calle Bizkaia o ese otro que sabes que veranea en Extremadura. Esos pacientes que me han recordado por qué soy médica y por qué estoy donde estoy. Los que te instruyen de verdad, te curten, se dejan cuidar y también te cuidan.
Nadie te cuenta que vas a sentir en ese momento. Nadie te dice que vas a tomar una de las decisiones más importantes de tu vida.
La adrenalina de la que hablábamos antes, en Atención Primaria, es bien diferente. Aunque de vez en cuando te llevas algún susto y te toca atender una urgencia de grandes dimensiones, que también me ha pasado. Aquí lo bonito es escuchar a los pacientes, ver más allá de un síntoma o de una exploración. De aplicar ese término que tan de moda está de “atención centrada en el paciente”. Ojalá más médicos y mejores condiciones de trabajo para darles lo que se merecen... pero claro, esto es otro tema que da para unos cuantos libros. Que tampoco es oro todo lo que reluce y aquí trabajamos a contracorriente con 10 minutos por paciente.
Pero entonces, ¿ha sido sólo una oportunidad lo que me ha llevado hasta aquí? Pues quiero pensar que no. Que todas las horas de estudio, esfuerzo y dedicación también me han traído hasta aquí. Que lo que me ha trasmitido mi tutora durante cuatro años me ha hecho embarcarme en esta nueva aventura. Dirigir a todo un equipo no es fácil, pero me ayuda a entender mejor como funciona nuestro sistema de salud, a apreciar a cada individuo que forma parte de lo que para mí ya es una familia y a mejorar la calidad asistencial. Y, siendo optimistas, me ayuda a creer que soy parte de la solución y me impulsa para seguir trabajando.
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DOC.6001.022025